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La jirafa diminuta

Educación Infantil y algunas cosas que pasan en un mundo de pequeños

Cómo ser un líder y no morir en el intento

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Hace días leí un artículo de Naomi Aldort en el que la autora del famoso libro “Aprender a educar sin gritos, amenazas ni castigos”, establece ocho aspectos importantes a la hora de declarar total confianza en los niños.

Este listado de recomendaciones se dirige fundamentalmente a familias que están interesadas en elegir un modelo educativo de crianza natural y uno de esos puntos me llamó la atención especialmente porque últimamente he estado reflexionando sobre los recursos que podemos emplear para regular algunas conductas “inadecuadas” en el aula.

Sirva de precedente decir que siempre considero que ese tipo de conductas tienen un motivo que las origina y que puede variar desde la falta de sueño, a la necesidad de atención, la experimentación de independencia, el exceso de sobre-protección… en fin, motivos hay muchos y cuando conoces al niño o a la niña en cuestión e investigas un poco, puedes descubrir ese motivo y pasar a la acción aunque lo cierto es que no siempre funciona. Y yo me pregunto ¿por qué?.

Los adultos nos hemos estado preocupando por cómo debemos regular la conducta de los niños y muchas veces nos hemos sentido frustrados cuando hemos observado que a pesar de nuestros esfuerzos esos límites que hemos impuesto han sido rebasados constantemente.

Sinceramente considero que los límites son necesarios porque los tenemos por todas partes. Los hay en la carretera, en las relaciones personales, en las relaciones laborales…y debemos respetarlos porque sólo así podemos vivir en comunidad. Eso también deben aprenderlo los niños, pero también creo que quizá haya llegado el momento de preguntarse de qué otra manera podemos regular su conducta de forma que demos respuesta a lo que se está demandando de cara al futuro.

Naomi Aldort afirma que los niños responden mejor al liderazgo que al control y yo personalmente creo que esa es una de las cualidades fundamentales para el docente del siglo XXI: la capacidad de liderar.

El camino que aún nos queda por recorrer es largo y difícil ya que hasta ahora la idea que tenemos de líder no encajaría de ninguna manera en nuestra sociedad del futuro. Y así lo demuestran algunas conductas en el aula.

Para mi, un docente líder tiene que ser consciente de cuáles son sus propios límites. No es un trabajo fácil ya que descubrir que no tienes superpoderes o que tu trabajo no consiste en salvar a la humanidad y aceptarlo puede ser duro, pero desde mi punto de vista es el primer paso para dejar de ser “el que manda” para pasar a ser “el que acompaña”.

Además un líder tiene que acostumbrarse a observar. Observar las relaciones que se establecen entre los niños, los cambios que puedan producirse, las dificultades que tiene cada uno, los gustos e intereses que demanda el grupo, las características individuales, los aspectos emocionales que puedan interferir o beneficiar en una situación determinada…etc. Hay que observar mucho, observarlo todo.

Un líder en el aula tiene también que saber escuchar y no tanto hablar. Hacer buenas preguntas, reconocer que hay cosas que no se tienen por qué saber y que nunca dejamos de aprender. Tiene que saber escuchar, pero no para responder sino para comprender. Sobre esto ya hemos estado hablando hace algunas semanas en un post anterior.

Y finalmente, un buen líder en el aula tiene que hacer las cosas con pasión. La pasión no se puede disimular, si se tiene se nota y los niños la notan. Hay que aprovechar las situaciones para aprender y para crecer, hay que sentir, emocionarse, adaptarse a las necesidades de los alumnos en función de su edad y disfrutar con lo que está haciendo. Eso también lo notan.

No sé vosotr@s, pero yo tengo la sensación de que aún tengo un largo proceso por delante para poder llegar a ser una docente-líder del siglo XXI. Al menos aún ya sé por dónde empezar y eso ya es algo ¿no?.

Nuestro comienzo

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Querido R.:

Estamos entrando en la recta final del curso y aún recuerdo como si fuese ayer el primer día que entraste por la puerta del colegio. Tus pasos asustados y tu mirada huidiza delataban que iba a ser difícil para ti adaptarte a un lugar tan extraño. Un lugar en el que hablaban otro idioma distinto al que habías escuchado en casa desde que naciste. Un lugar repleto de caras nuevas, demasiadas quizá para alguien que nunca se había separado de sus padres.

Ese día iniciabas un proceso muy grande para un niño muy pequeño, pero ese día comenzábamos a caminar juntos y aunque tú aún no lo sabías, yo confiaba en ti, sabía que aunque te costara lo conseguirías y tenía claro que al final ibas a acabar disfrutando.

Reconozco que escucharte llorar cada mañana me hizo en algún momento sentirme perdida y agotada ya que nada podía hacer para que te sintieras mejor porque aún no había llegado tu momento.

El día que intentaste marcharte lejos, sentí que había perdido la capacidad de controlar la situación y que lo único que podíamos hacer era seguir confiando el uno en el otro. Sin duda, ése fue el momento de demostrarte que estaba a tu lado, que no iba a dejar que te pasara nada malo y así lo entendiste tú. Desde esa mañana desapareció tu llanto.

Aún nos quedaba mucho trabajo juntos ya que ahora que empezabas a estar tranquilo, tenía que conseguir motivarte para aprender. Pasaban los días y seguía respetando tu ritmo, entendí que estabas haciendo un gran esfuerzo por superarte y valoré cada pasito hacia adelante que dabas. Tú comprendiste el esfuerzo que estaba haciendo yo también y poco a poco me dejaste llegar más a ti.

Y así, sin prisa, fuiste soltando tus temores. Y así poco a poco fuiste entendiendo más cosas. Y así casi sin darnos cuenta empezaste a llegar a la escuela sonriendo. Y esta mañana me acordé de todo ello.

Ahora siento que aunque sigues mostrándote con timidez reconoces todo el camino que hemos recorrido juntos y me hace enormemente feliz verte sonreír cuando juegas con otros niños, cuando gritas sin control al lanzarte por el tobogán del patio porque no sabes muy bien cómo frenar, cuando mueves tu cuerpo al ritmo de la música mientras bailas en el pasillo, cuando abres los ojos como platos al sorprenderte por cosas que te llaman la atención o cuando te ríes a carcajadas al ver a tu profe, que soy yo, imitando al Pato Donald o a Ricitos de Oro.

Muchas cosas he aprendido contigo a lo largo de todos estos meses. He aprendido que todo pasa, que el miedo puede llegar a bloquearnos hasta dejarnos paralizados, pero hasta eso también pasa. He aprendido que siempre llega un momento en el que ya has llorado bastante, que cuando no tienes recursos para conseguir lo que quieres tienes que recurrir a otros planes, que la música une, que la cara es el espejo del alma y que el cariño sigue siendo lo más importante estés donde estés.

Dicen que el periodo de adaptación debe realizarse en una semana, pero nuestro comienzo ha durado mucho más y creo que esa era exactamente la forma en que debíamos hacerlo. Te prometo que el curso que viene seguiremos encontrando motivos para bailar.

Te quiere mucho.

Tu profe

La niña del lápiz marrón

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Había una vez una niñita que tenía un lápiz marrón y se encontró con un ratón llamado Frederick.” Éste es el punto de partida de una aventura extraordinaria que se desarrolla a lo largo de un curso en un aula de Infantil en el que la maestra Vivian Gussin Paley, autora del libro “La niña del lápiz marrón”, pasa su último año de trabajo como docente antes de despedirse definitivamente de la escuela.

La maestra cuenta en este libro la historia de su despedida y el descubrimiento de Reeny, una niña que siente especial predilección por utilizar en sus dibujos la pintura de color marrón. Motivada por el interés que demuestran los niños y las conversaciones que escucha entre ellos tras leer un cuento en el aula, decide dedicar su último año de trabajo a indagar junto a sus alumnos las posibilidades que ofrecen los libros de Leo Lionni.

A través del ratón Frederick, el pájaro Tico, el cocodrilo Cornelius, Pequeño azul y pequeño amarillo y muchos otros libros, los niños de esta escuela y su profesora abordan temas como el papel del artista en la sociedad, las condiciones necesarias para pensar, la influencia de la música y el arte en las emociones, el papel del individuo en un grupo, la amistad, el conocimiento de uno mismo o la interculturalidad.

Quizá parezca que todos estos temas constituyen una actividad intelectual demasiado intensa para niños tan pequeños, pero lo cierto es que tal y como afirma la auxiliar de Vivian en el libro, “los niños necesitan relatos como estos, relatos que despierten sus sentimientos y sus interrogantes más profundos”.

Sin embargo, este post no es una reseña sobre el libro. Ni siquiera es un post sobre los libros de Leo Lionni y tampoco voy a ofrecer actividades o pautas para realizar en el aula a partir de la lectura de los mismos. No.

Hoy escribo sobre este libro porque por alguna extraña motivación he vuelto a releerlo después de mucho tiempo. Éste es uno de los libros a los que recurro cuando mi ánimo desfallece un poco en el aula o cuando el cansancio hace estragos a mi motivación.

La niña del lápiz marrón” me transmite esperanza, ilusión por seguir haciendo lo que me gusta como me gusta y fuerza para volver mañana al colegio con ganas de escuchar a los niños y de seguir sabiendo quiénes son.

Cuando leí este libro hace ya algunos años me pregunté si acaso yo podría hacer lo mismo y registrar de una forma tan delicada las experiencias que un grupo de personas viven en su aula. Por eso creo que este libro fue una motivación que necesitaba para comenzar a escribir un blog como éste. Y creo que este libro es necesario para mi ahora porque necesito recordar que quiero seguir dedicándome a esto con pasión.

Yo también necesito que en la clase haya pasión. Necesito la intensa preocupación de un grupo de niños y maestras que inventan nuevos mundos mientras aprenden a conocer recíprocamente sus sueños.” Ojalá yo pueda seguir diciendo cosas tan bonitas de mi profesión el año que me despida de mi trabajo como docente y ojalá sea dentro de mucho tiempo.

Un huerto en nuestro cole

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Todo comenzó una mañana cuando uno de mis alumnos llegó a clase con un folleto que anunciaba la apertura de un nuevo vivero en la vía de servicio. Siempre me he preguntado por qué nos empeñamos muchas veces en proponer proyectos que suponemos responden a los intereses de los niños y después llegan ellos y…te sorprenden.

Ese folleto que aquel niño posiblemente había cogido de la mesa de la cocina sin decir nada a sus padres y que mostró en la Asamblea como si de un tesoro se tratara, supuso el inicio de una conversación que duró más de media hora y el comienzo de un proyecto que planteaban ell@s con tan sólo 3 años.

Rápidamente entendí que debíamos aparcar el tema que yo tenía preparado para lanzarnos de lleno a hacer un huerto en nuestro cole.

Yo ya había tenido la oportunidad de vivir la experiencia de montar un huerto en una escuela anteriormente. En aquella ocasión teníamos un espacio amplio cerca de nosotros que las familias nos ayudaron a preparar para sembrar y plantar. Además pudimos dividir el terreno en parcelas y aún nos quedaba sitio para realizar unos senderos por los que se podía caminar sin pisar la tierra cultivada. Finalmente llevamos una manguera desde el pabellón de Infantil hasta el huerto y con ella regábamos todas las mañanas.

Sin embargo en esta segunda ocasión no teníamos terreno (o al menos no cerca de nosotros) para poder montarlo. Así que decidimos utilizar lo que teníamos a nuestro alcance: una jardinera que llevaba meses cogiendo arena en un rincón del patio.

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Cogimos la jardinera, la limpiamos y la preparamos para que estuviera lista cuando llegara el sustrato. En realidad para hacer un huerto en clase o en casa se puede utilizar cualquier material que se os ocurra: botellas de plástico, macetas decoradas por vosotros mismos, ruedas, cajones de madera…etc. Hay millones de ideas en Internet para hacerlo. Aquí os dejo una muestra.

El día que llegó la tierra fue una auténtica fiesta. Por turnos fuimos metiendo las manos en el saco y así llenamos nuestra jardinera. Nos manchamos y mucho, pero es lo que suele pasar cuando metes las manos en la tierra y no nos importó.

Después sembramos las semillas de cebolla, calabaza y calabacín y plantamos las matas de tomates, fresas y lechugas. Colocamos “nuestro huerto” en un lugar estratégico en el que recibiera luz, pero no le diera el sol directamente y cada mañana salíamos al patio después de la Asamblea a observar el crecimiento de nuestras plantas. El encargad@ de ese día regaba el huerto y juntos pasábamos un ratito al aire libre.

Esta actividad fue una motivación en sí misma para seguir investigando cosas sobre el mundo vegetal:

  • Descubrimos la diferencia que había entre frutas y hortalizas y jugamos a clasificarlas.
  • Aprendimos el nombre de las herramientas que se utilizan para arar, sembrar y recolectar.
  • Leímos que no todas las semillas pueden plantarse en las mismas fechas.
  • Ordenamos secuencias que reflejaban el crecimiento de una semilla.
  • Leímos libros sobre el huerto.
  • Jugamos a las adivinanzas.
  • Investigamos qué platos podíamos cocinar con alimentos vegetales y aprendimos el nombre de alimentos que no conocíamos.

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  • Hicimos un taller de  un espantapájaros
  • Asumimos la responsabilidad de cuidar algo.
  • Y aprendimos que juntos formábamos un buen equipo y que entre todos habíamos conseguido sacar adelante algo muy grande en un espacio diminuto.

Terminamos el curso comiendo ensalada y os aseguro que fue la ensalada más rica que habíamos comido nunca o al menos era la que habíamos plantado, cuidado y recogido nosotros. Era nuestra ensalada y el esfuerzo había merecido la pena.

Nuestros primeros pasos con las regletas

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En todas las aulas de Educación Infantil hay un juego de regletas y reconozco que cuando las vi por primera vez en mi vida no sabía muy bien cómo aprovecharlas al máximo.

Después de algunos años utilizándolas en el aula y observando cómo los niños disfrutan con ellas no me resisto a sacarlas ya desde el primer curso del ciclo.

Para los que aún no las conozcan, deciros que las regletas son un material manipulativo que permite trabajar conceptos matemáticos. Cada regleta tiene un tamaño y un color concretos y cada una de ellas representa a un número. Fueron introducidas por Georges Cuisenaire en 1945 y maestros como María Montessori o Friedich Froebel  las emplearon para representar números.

Hay mucha información en Internet para saber un poco más sobre ellas y proponer actividades lúdicas para que los niños puedan construir el concepto de número, la composición y descomposición de los mismos, sumas, restas e incluso cuando ya están en Primaria para resolver multiplicaciones y raíces cuadradas.

En la página aprendiendomatematicas.com podéis encontrar, por ejemplo, algunas ideas para ofrecer un primer contacto e incluso nos muestran un juego de mesa llamado “Capturar Regletas” para los mayores. Y en tocamates.com encontraréis alguna idea más para introducirlas de forma sencilla.

Yo hoy quiero mostraros cómo estamos empezando a usarlas en mi clase. Con niños de 3 años no suelo utilizarlas para introducir conceptos matemáticos, mi objetivo es que se familiaricen con el material fundamentalmente y después en cursos siguientes voy modificando las actividades para que ya conociendo el material nos sirva para realizar operaciones sencillas.

El primer contacto para mi es el juego libre. Observo a los niños mientras manipulan el material y lo cierto es que después de verles muchas veces se me ocurren actividades nuevas. Cuando sacamos las regletas por primera vez las usamos para construir, formar letras, realizar formas geométricas, hacer dibujos, representar cuentos y lo que se le ocurra a cada un@.

Después de haberlas usado de forma libre suelo sacarlas una mañana en Asamblea para que las veamos todos y les pregunto: ¿Qué son?¿De qué están hechas?¿Para qué sirven?¿Son todas iguales?¿Por qué no?….etc.

Sin dejar a un lado el juego con ellas durante todo el curso, voy poco a poco proponiendo diferentes actividades como hacer escaleras, clasificarlas por colores, rellenar cuadrados, comparar tamaños, hacer series, construir muros o contar.

También se pueden inventar juegos. Éste en concreto se les ocurrió a ellos. Colocaron las regletas de forma vertical simulando un juego de bolos, usaron un coche para derribarlas y contaron el número de regletas que habían tirado cada vez. Fue divertido verles jugar en equipo y me sorprendió la capacidad que tuvieron para proponer cosas nuevas. Cuando tengan 5 años y ya sepan qué numero representa cada regleta podrán escribir el número del “bolo” que han derribado o sumar los resultados.

Como veis este material ofrece muchas posibilidades y seguro que a vosotros se os ocurren muchas ideas más.

Termino el post de nuestros primeros pasos con las regletas con una frase que leí hace unos días en Twitter justo cuando estaba preparando el material para compartirlo con vosotros y creo que esta reflexión llegó en el momento perfecto: “vayas o no a usar las matemáticas en tu vida, el hecho de que hayas sido capaz de entenderlas deja una huella en tu cerebro que no existía antes, y esa huella es la que te convierte en un solucionador de problemas”. Neil De Grasse Tyson

Saber solucionar problemas es una capacidad que no está mal practicar de cara al futuro ¿no creéis?.

La primavera llegó

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Fuente Pixabay

He de reconocer que desde hace algunos años venía considerando que trabajar el cambio de estación en el aula de Infantil era un asunto bastante alejado de la realidad ya que para los niños de hoy en día es muy difícil identificar en qué momento del año nos encontramos porque los días de invierno ya cada vez son más verano, algunos de otoño son como primavera y los de primavera se parecen más a los de otoño. Una locura, vamos.

Pero lo cierto es que recientemente he comenzado a sentir la necesidad de volver a hacerlo porque al celebrar el cambio de estación me siento más conectada con la naturaleza, naturaleza que somos. Y si yo soy consciente de ello, podré transmitirlo en mis clases.

Investigando un poco sobre educación, ritmos y cambios de estación he llegado hasta la pedagogía Waldorf y aunque aún hay muchas cosas que desconozco de esta forma de entender la educación y la vida, he descubierto algunos aspectos interesantes que podrían llevarse a cabo en una escuela ordinaria como la mía.

Obviamente, cuando empiece de lleno con este proyecto trataré de dar un enfoque personal a todo lo que estoy recogiendo, que es lo que al final me gusta hacer en educación, aprender de lo bueno y seguir siendo yo misma allá donde trabaje.

Para los profesionales Waldorf, el ritmo y la vida son dos conceptos inseparables. Vivimos inmersos en grandes ritmos de la naturaleza como son los ritmos del sol, las fases de la luna, el día y la noche, los meses del año…etc. Hoy en día los ritmos de los quehaceres diarios se aceleran y en numerosas ocasiones nos sorprendemos “metiendo prisa” a los niños porque según decimos constantemente no tenemos tiempo.

Observar el ritmo que marca la naturaleza nos invita a pisar el freno. Detenernos, observarnos como una pieza más de ese engranaje que es el mundo y sentirnos parte de él, aunque sólo podamos hacerlo en un momento del día, o incluso en un momento del año.

Restaurar ese ritmo natural en la escuela ayuda a que los niños crezcan de forma saludable, favorece la confianza en uno mismo, promueve el desarrollo de la inteligencia emocional y estimula la concepción del entorno como algo que forma parte de nosotros y que debe ser tenido en cuenta para respetarlo, cuidarlo y protegerlo.

La programación de una escuela infantil Waldorf se basa en el ritmo cambiante de las estaciones y en actividades rítmicas diarias que combinan la expansión y la concentración. El ritmo semanal viene marcado por una actividad específica en la que se centran cada día, y el ritmo mensual por las festividades que señalan el cambio de estación.

Una de las actividades que más me han llamado la atención y que pienso comenzar a hacer con mis alumnos en cuanto consiga involucrarles en ello y estemos lo bastante motivados como para disfrutarlo juntos son las mesas de estación.

Una mesa de estación consiste en un rincón del aula dedicado a observar el paso del tiempo. Es un rincón  muy especial que se decora con intención, con elementos elaborados por los propios niños y que supone llevar un pedacito de naturaleza a la escuela. La mesa se decora con telas de colores asociados a cada estación y se incorporan objetos, que suelen traer los propios niños recogidos de la naturaleza, y que son característicos de cada momento del año.

¿Qué os parece?¿Os animaríais a poner una mesa de estación en vuestro aula y/o vuestra casa?¿Por qué? Os dejo pensando en ello y no dudéis en compartir vuestras reflexiones.

Hasta la semana que viene y que DISFRUTÉIS DE LA PRIMAVERA!!!

Sensaciones de una maestra con mochila

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Cuando viajo me gusta llevar siempre una libreta, un bolígrafo y los cinco sentidos despiertos en el interior de la mochila.

Trabajando con niños en el colegio he aprendido que para conocer tienes que sentir, y es lo que me propongo cada vez que me dispongo a pasar unos días lejos de casa.

Los olores que percibo, las imágenes que veo, los sabores que descubro, el sol en la piel, las palabras nuevas, las personas que encuentro,…todo queda reflejado en las hojas del cuadernillo de viaje y después con el paso del tiempo recurro a ellas para revivir lo que ha quedado grabado en mi memoria.

La semana pasada, aprovechando las vacaciones escolares, preparé la mochila con todo lo necesario y me dispuse a conocer/sentir un lugar en el que no había estado nunca. Estas son las anotaciones que quedaron plasmadas en la libreta de una maestra con mochila:

Oporto huele a incienso, a agua y a comida en la calle. Oporto huele a humedad, a decadencia y a bohemia. Huele a encurtidos en vinagre, a flores y a especias en el mercado de Bolhao. Oporto huele a lluvia y a mar, a bacalao a la plancha, a queso fundido, a aceite de oliva y a madera mojada. Huele a nostalgia, a casa vacía, a épocas pasadas y a rincones para recordar.

Oporto suena a gaviotas, a tranvía y a Fado. Suena a campanas, a chapoteo en los charcos y a gorjeo de palomas en suelos adoquinados. Oporto suena a jazz, a trompeta, a tumulto de turistas que pronuncian la “Ñ”, a vino blanco golpeando en la copa, a gotas de lluvia golpeando el cristal y a agua de río golpeando el mar.

Oporto es viento fresco en la cara, es decorar las fachadas con azulejos y recorrer las calles en cuesta observando a los lados las tiendas de segunda mano. Oporto es una escuelita infantil con una pequeña puerta roja y cortinas a cuadros que encuentras por casualidad cuando vas paseando por el centro y que te invita a mirar a través de sus ventanas con el fin de imaginar cómo serán allí las mañanas de un lunes cualquiera. Oporto es un neón en el escaparate, es una librería antigua con escaleras, es la hora del café con unos bollitos de nata, las plazas con estatuas, los parques, sus puentes y mil y una terrazas con vistas al Duero.

Citando a Fernando Pessoa, uno de los grandes poetas portugueses del siglo XX: “Para viajar basta existir” y yo, en un arrebato de osadía descontrolada, quiero añadir que para existir basta sentir. Sentir como lo hace un niño. Espero no dejar de hacerlo nunca.

Que tengáis feliz vuelta al cole!

Proyecto: China

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Esta semana quiero compartir con vosotros un resumen en imágenes de lo que ha sido nuestro segundo trimestre inmersos en un proyecto de trabajo relacionado con China.

Confucio, uno de los pensadores chinos más conocidos y citados dijo en una ocasión: “Donde quiera que vayas, ve con todo tu corazón“. Y eso es lo que hemos conseguido, además de aprender a saludar en chino mandarín, escribir los números de otra forma, construir una muralla china con los bloques de las construcciones, decorar una pagoda con cajas de cartón y goma eva, disfrutar de un teatro de sombras o descubrir que los dragones chinos tienen garras de tigre, cuernos de toro, escamas de pez y alas de pájaro. Espero que os guste!

 

Un árbol, sólo uno.

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Se llamaba Benjamin Driscoll, tenia treinta y un años y quería que Marte creciera verde y alto con árboles y follaje, produciendo aire, mucho aire, que aumentaría en cada temporada. Los arboles refrescarían las ciudades abrasadas por el verano, los arboles pararían los vientos del invierno. Un árbol podría ser tantas cosas: color, sombra, fruta, paraíso de los niños, universo aéreo de escalas y columpios, arquitectura de alimento y placer. Todo eso era un árbol. Pero los árboles eran, ante todo, fuente de aire puro y un suave murmullo que adormece a los hombres acostados de noche en lechos de nieve. “. Crónicas Marcianas, Ray Bradbury.

¿Habéis estado presentes la primera vez que un niño toca con sus dedos la corteza rugosa de un árbol?¿Habéis mirado juntos la copa intentando fijar la mirada allá dónde las ramas se juntan con las nubes?¿Os habéis sentado juntos a su sombra para simplemente ESTAR?¿Habéis comprobado cuántos brazos hacen falta para rodearle?¿Os habéis fijado en sus raíces ancladas a la tierra y habéis animado al niño a imaginar hasta dónde llegan?¿Habéis probado a escuchar el “latir” de la savia en su interior?…

En nuestro patio del colegio no hay posibilidad de acercarse a un bosque a pesar de ver a lo lejos una de las montañas más bonitas de la sierra de Madrid. Pero en nuestro patio del colegio hay un árbol, sólo uno. Y con él estamos aprendiendo a relacionarnos con la naturaleza. Hay cosas que me gusta vivirlas como si también fuesen mi primera vez.

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