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La jirafa diminuta

cosas que pasan en un mundo de pequeños

Nos falta un tornillo

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La semana pasada tuvimos la oportunidad de resolver un problema. Un problema real que afectaba a “nuestra imagen” en el centro y ante los demás grupos de Educación Infantil: rompimos un triciclo que no era nuestro y debíamos encontrar una solución. Estaba casi entero, es cierto, pero al montarse varios niños de la clase sobre él a la vez habían saltado los tornillos y no se sostenía el sillín, así que era sumamente importante arreglar el desperfecto.

El diccionario de la Real Academia Española define que un problema es un conjunto de hechos o circunstancias que dificultan la consecución de algún fin. Etimológicamente proviene del griego y es una palabra que está formada por el prefijo “pro” = delante y el verbo “ballein” = arrojar con fuerza. Por tanto ya en sus raíces percibimos esa connotación negativa que solemos dar a algo que debemos quitarnos de encima cuando antes: un problema.

Aunque los problemas nos preocupan, nos estresan, nos entristecen e incluso en ocasiones nos asustan y mucho, en la escuela ese conjunto de hechos o circunstancias que dificultan la consecución de un fin puede aprovecharse para aprender algo nuevo.

El aprendizaje basado en problemas (ABP) es una metodología en la que los alumnos, guiados por el profesor, deben encontrar una respuesta o solución a un problema planteado de forma que al resolverlo correctamente se desarrollan habilidades de comunicación, exposición de ideas, trabajo en equipo, investigación, selección de la información y aprendizaje autónomo.

Las etapas por las que pasamos para solucionar nuestro problema fueron:

1. Analizar el escenario del problema: comentamos en gran grupo lo ocurrido y puse a los alumnos en situación de comprender que la resolución dependía de ellos y que tenían que, entre todos, encontrar una respuesta.

2. Realizamos una lluvia de ideas: cada niño tuvo la oportunidad de dar su opinión sobre cómo debíamos resolver ese problema. Algunas propuestas fueron: ir a comprar un triciclo nuevo, pedir al abuelo Macario su caja de herramientas, traer de casa unos tornillos nuevos, pedirle al conserje unos tornillos, llevarlo a casa de un niño cuyo padre es mecánico…y así hasta 22 ideas diferentes.

3. Desechamos las ideas que no encajaban para resolver nuestro problema: de entre todas las ideas que habíamos apuntado previamente, desechamos las que no encajaban en nuestra situación, bien por motivos económicos (no tenemos dinero para comprar un triciclo nuevo) o bien porque por motivos organizativos no eran prácticas (si lo llevamos al taller mecánico, no podremos devolver hoy el triciclo).

4. Escribimos qué cosas sabíamos y cuáles no: esta fase nos permitió saber que la herramienta para cambiar los tornillos se llamaba “llave inglesa”, que igual necesitábamos también un destornillador y que posiblemente tendríamos que pedir más tuercas. También descubrimos que Manuel es un buen mecánico, que Pedro tiene un banco de herramientas en su casa que le trajeron los Reyes Magos el año pasado y que a Lucía le encanta ir al taller de su abuelo cuando no hay cole.

5. Elaboramos una lista de tareas para conseguir la solución: el grupo directamente implicado iría a la clase de los compañeros a pedir el triciclo para arreglarlo, un segundo grupo elaboraría la nota que debíamos llevar a conserjería para pedir las herramientas al conserje, un par de niños se encargarían de ir a buscar nuestro triciclo antiguo para poder sacar los tornillos que faltaban y reemplazarlos en el triciclo estropeado, un cuarto grupo ayudaría a la profe a desatornillar los tornillos antiguos y los reemplazaría y finalmente todos iríamos a devolver el triciclo arreglado.

6. Seguimos el plan de trabajo: fuimos realizando las tareas de la lista y tachábamos las que ya estaban realizadas.

7. Presentamos los resultados: una vez arreglado, llevamos el triciclo a la clase del final del pasillo, pedimos disculpas por haberlo estropeado y nos volvimos a clase satisfechos.

Dedicamos una mañana entera a realizar este proceso, pero fue muy motivador. Ni que decir tiene que esta metodología nos permitió trabajar conceptos de matemáticas, lectoescritura y motricidad fina, pero también desarrollamos habilidades grupales, descubrimos que el conocimiento se puede utilizar en situaciones prácticas, aprendimos cosas nuevas, cambiamos los roles en el proceso de aprendizaje y nos sentimos parte de un grupo que trabajaba en equipo.

Ojalá, con suerte, esta semana surja algún otro problema.

 

 

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La máquina de sumas y restas

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Las matemáticas en Educación Infantil se tocan.

Dice el gran Jose Antonio Fernández Bravo que en la enseñanza de la matemática hay que entender que es desde la experiencia donde se generan ideas y si la matemática es una actividad mental, el que enseña tiene que trabajar necesariamente con las ideas que se generan en la mente a partir de la manipulación de diferentes materiales.

Los niños de estas edades aprenden a través de su cuerpo, cuando interaccionan con los elementos que les rodean y establecen relaciones entre lo que ya saben y lo nuevo que están experimentando.

Los objetivos de una sesión de matemáticas serían, según el profesor:

1. Que los niños se lo pasen bien.
2. Que el que aprende entienda y comprenda.
3. Que discuta sus ideas.
4. Que genere dudas y alternativas para encontrar otras respuestas y
que se apoye en otros compañeros para entender y dar significado.

Es importante tener en cuenta cómo se aprenden las matemáticas y llevar materiales que aporten al alumno claridad mental, ganas,gusto,reflexión,pensamiento,creatividad, observación, intuición, razonamiento y sobre todo emoción.

Con toda esta información en mi cabeza decidí preparar un material manipulativo para experimentar las dos operaciones sencillas que vamos a trabajar este año: LA MÁQUINA DE LAS SUMAS Y LAS RESTAS.

Los materiales que necesitas son sencillos:

– Una caja
– Dos rollos de cartón
– Cutter
– Velcro
– Pasta de modelar
– Tarjetas con números

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Durante días, cuando llegaba a casa después de clase me entretenía trabajando en el material y pensando en cómo podrían utilizarlo. Después de varias tardes, conseguí tenerlo terminado y una mañana lo llevé al aula para presentarlo. Cuando vieron la máquina les entusiasmó, se miraban entre ellos y se acercaban sorprendidos a mirarla de cerca: “¿Lo has hecho tú?- preguntaban.

La máquina funciona cuando introduces por un rollo un número determinado de bolas y sumas el número que introduces por el otro rollo. En el caso de las restas, introduces un número determinado de bolas y después sacas por la puerta lateral la cantidad que quieres restar. El resultado es el total de bolas que quedan dentro de la caja después de realizar la operación.

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Jugar con la máquina esa mañana supuso un momento único para observar, intuir, reflexionar y razonar, aunque sin duda lo más emocionante de todo fue ver sus caras cuando jugaban con ella, sus miradas de aprobación ante la posibilidad de manipular algo que había hecho yo para ellos con mis propias manos y su agradecimiento cuando al finalizar la sesión uno de mis alumnos se acercó para decirme: “Es una caja muy bonita, profe. Enséñasela a tu madre y… recuerda: queremos ponerle un botón”.

Las bicicletas son para el verano

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Una de las actividades que realizamos durante los primeros días de cole suele consistir en contar a través de diálogos, dibujos o palabras qué hemos hecho en verano. Ciertamente, se trata de una actividad bastante poco creativa, pero sirve para volver a tomar contacto con la rutina escolar, para expresar lo que te gusta y sentirse escuchado.

Hace unos días pedí a mis alumnos que contaran a los demás qué habían hecho en verano y qué había sido lo más divertido. Hubo cangrejos, montañas rusas, picaduras de avispa, restaurantes chinos, castillos de arena, saltamontes y… muchas cosas más.

Después de un rato reviviendo nuestras vacaciones les pedí que hicieran un dibujo de lo que acaban de contar, pero uno de los niños del grupo dijo muy serio:

“Yo no voy a poder hacerlo”.

“¿Por qué?”– pregunté.

Porque no sé dibujar bicicletas y una de las cosas que más me gustó este verano fue montar en bici con mi madre por un camino muy bonito que hay detrás de mi casa”.

Yo creo que sí puedes hacerlo”- contesté – “SÉ QUE PUEDES HACERLO, confío en ti y pienso que eres capaz de dibujar una bicicleta preciosa. Ahora tienes que creerlo tu también. Piensa que sabes hacerlo y dile a tu cerebro que vas a dibujar la bicicleta más bonita del mundo y… a ver qué sale. De todas formas si necesitas ayuda pídela, porque igual alguien puede darte alguna idea”.

Sus ojos miraron ligeramente hacia el techo, volvió a mirarme a mi y con un cierto aire de convencimiento se fue a su sitio, preparó lápiz, pinturas y papel y se puso a dibujar.

La confianza en uno mismo se construye en un proceso personal en el que intervienen las experiencias que vivimos y los mensajes que recibimos de nuestro entorno. En los primeros años de vida, el niño crea una imagen de sí mismo que está directamente relacionada con lo que los demás piensan de él o ella, por ello es tan importante cuidar los mensajes que lanzamos y devolverles una imagen siempre positiva de quiénes son y de qué son capaces.

Posiblemente ese niño aún crea a lo largo de su vida que hay muchas cosas que no sabe hacer y puede que incluso nunca aprenda a hacerlas, igual que yo no sé dar la vuelta a una tortilla sin usar un plato, ni tocar el violonchelo o descifrar un jeroglífico egipcio, pero lo cierto es que ese día finalmente supo dibujar sus bicicletas y sinceramente para mi, al ver cómo las mostraba con esa sonrisa de “¡mirad, lo he conseguido!”, se convirtieron automáticamente en las bicicletas más bonitas del mundo:

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Educar con co-razón

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Después de más de un año de silencio en el que he aprovechado para replantearme muchas cosas a nivel personal y profesional, retomo esta aventura de bucear en el mundo de los pequeños como si de un proyecto nuevo se tratara.

Anduve tiempo explorando la manera de poder modernizar mi trabajo. Dediqué horas de estudio, formación y búsqueda para saber cuáles eran las nuevas metodologías o las corrientes pedagógicas de última generación. Me pasé días y meses intentando encontrar la forma de ponerlas en práctica en el aula, pero todo ello fue en vano porque me fue faltando poco a poco algo que nunca puede faltar en esta profesión: la ilusión.

Ya desde pequeña sabía que quería ser maestra. Me lo pasaba bien en el colegio y me gustaba aprender. Me encantaba el olor de los libros la primera vez que los abría en casa antes de forrarlos y disfrutaba mucho preparando la vuelta al cole.

Con 6 años ya tenía muy claro que quería dedicarme a la esto y por ello trabajé durante años hasta que lo conseguí. Mi primer día en un aula fue uno de los días más emocionantes de mi vida y digo “emocionantes” porque si me dejaba llevar por los acontecimientos podía ponerme fácilmente a llorar, pero a llorar de alegría, que es cuando se disfruta.

Y así transcurrieron mis primeros años de docencia entre interinidades, cambios de grupos, de colegios, de equipos y de metodologías hasta que todo se fue desmoronando poco a poco y… cayó.

Podría echar la culpa al sistema que no está organizado como a mi me gustaría, podría quejarme del feedback negativo que recibimos los maestros algunas veces lo cual afecta directamente a nuestra motivación, podría decir que tengo un grupo complicado en el que las cosas no salen como yo esperaba y todo ello posiblemente haya influido de alguna manera, pero lo cierto es que la ilusión no pertenece al sistema, ni al feedback, ni al grupo, la ilusión me pertenece a mi y si yo la pierdo soy la única persona que puede o no recuperarla.

Por ello volví a uno de mis maestros favoritos y releí su libro Educar con “co-razón”. En sus páginas, que recomiendo leer si no lo habéis hecho ya, encontré algo que resonó en mi cabeza como el gong del final de asalto y que me está ayudando a comenzar a recuperarme: “Muchas veces no buscamos sino ideas, recetas y soluciones mágicas, olvidando que la principal fuente de inspiración pedagógica se halla dentro de nosotros mismos…y a nuestro alrededor“.

Estoy dispuesta a poner todo lo que esté de mi parte para volver a emocionarme en el aula, para abrir bien los ojos y encontrar las fuentes de inspiración que estén dentro de mi y a mi alrededor, para seguir buscando la forma de disfrutar de mi trabajo en cada momento e implicarme totalmente para seguir educando con “co-razón”, porque si hay algo que me ha quedado claro después de estos meses de reflexión es que al igual que cuando tenía 6 años tengo muy claro que quiero seguir dedicándome a la enseñanza y ello implica no dejar de aprender nunca.

Silencio

“Muffler” de Camilla d’Errico

Dicen que “El silencio es la ausencia total de sonido.Y, sin embargo, que no haya sonido alguno no siempre quiere decir que no haya comunicación. El silencio ayuda en pausas reflexivas que sirven para tener más claridad de los actos.”

Aprovecho esta ilustración de una de mis artistas favoritas para deciros que sigo en pausa reflexiva porque necesito tener más claridad en mis actos. 

Cuando ese momento llegue, si es que llega, volveré a este pequeño espacio diminuto…

Gracias por seguir visitándolo a pesar de mi ausencia.

Carrera de fondo

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Hace días leí un artículo de Naomi Aldort en el que la autora del famoso libro “Aprender a educar sin gritos, amenazas ni castigos”, establece ocho aspectos importantes a la hora de declarar total confianza en los niños.

Este listado de recomendaciones se dirige fundamentalmente a familias que están interesadas en elegir un modelo educativo de crianza natural y uno de esos puntos me llamó la atención especialmente porque últimamente he estado reflexionando sobre los recursos que podemos emplear para regular algunas conductas “inadecuadas” en el aula.

Sirva de precedente decir que siempre considero que ese tipo de conductas tienen un motivo que las origina y que puede variar desde la falta de sueño, a la necesidad de atención, la experimentación de independencia, el exceso de sobre-protección… en fin, motivos hay muchos y cuando conoces al niño o a la niña en cuestión e investigas un poco, puedes descubrir ese motivo y pasar a la acción aunque lo cierto es que no siempre funciona. Y yo me pregunto ¿por qué?.

Los adultos nos hemos estado preocupando por cómo debemos regular la conducta de los niños y muchas veces nos hemos sentido frustrados cuando hemos observado que a pesar de nuestros esfuerzos esos límites que hemos impuesto han sido rebasados constantemente.

Sinceramente considero que los límites son necesarios porque los tenemos por todas partes. Los hay en la carretera, en las relaciones personales, en las relaciones laborales…y debemos respetarlos porque sólo así podemos vivir en comunidad. Eso también deben aprenderlo los niños, pero también creo que quizá haya llegado el momento de preguntarse de qué otra manera podemos regular su conducta de forma que demos respuesta a lo que se está demandando de cara al futuro.

Naomi Aldort afirma que los niños responden mejor al liderazgo que al control y yo personalmente creo que esa es una de las cualidades fundamentales para el docente del siglo XXI: la capacidad de liderar.

El camino que aún nos queda por recorrer es largo y difícil, como una auténtica carrera de fondo, ya que hasta ahora la idea que tenemos de líder no encajaría de ninguna manera en nuestra sociedad del futuro. Y así lo demuestran algunas conductas en el aula.

Para mi, un líder tiene que ser consciente de cuáles son sus propios límites. No es un trabajo fácil ya que descubrir que no tienes superpoderes o que tu trabajo no consiste en salvar a la humanidad y aceptarlo puede ser duro, pero desde mi punto de vista es el primer paso para dejar de ser “el que manda” para pasar a ser “el que acompaña”.

Además un líder tiene que acostumbrarse a observar. Observar las relaciones que se establecen entre los niños, los cambios que puedan producirse, las dificultades que tiene cada uno, los gustos e intereses que demanda el grupo, las características individuales, los aspectos emocionales que puedan interferir o beneficiar en una situación determinada…etc. Hay que observar mucho, observarlo todo.

Un líder en el aula tiene también que saber escuchar y no tanto hablar. Hacer buenas preguntas, reconocer que hay cosas que no se tienen por qué saber y que nunca dejamos de aprender. Tiene que saber escuchar, pero no para responder sino para comprender. Sobre esto ya hemos estado hablando hace algunas semanas en un post anterior.

Y finalmente, un buen líder en el aula tiene que hacer las cosas con pasión. La pasión no se puede disimular, si se tiene se nota y los niños la notan. Hay que aprovechar las situaciones para aprender y para crecer, hay que sentir, emocionarse, adaptarse a las necesidades de los alumnos en función de su edad y disfrutar con lo que está haciendo. Eso también lo notan.

No sé vosotr@s, pero yo tengo la sensación de que aún tengo un largo proceso por delante. Al menos aún ya sé por dónde empezar y es que toda carrera de fondo comienza con un primer paso.

Nuestro comienzo

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Querido R.:

Estamos entrando en la recta final del curso y aún recuerdo como si fuese ayer el primer día que entraste por la puerta del colegio. Tus pasos asustados y tu mirada huidiza delataban que iba a ser difícil para ti adaptarte a un lugar tan extraño. Un lugar en el que hablaban otro idioma distinto al que habías escuchado en casa desde que naciste. Un lugar repleto de caras nuevas, demasiadas quizá para alguien que nunca se había separado de sus padres.

Ese día iniciabas un proceso muy grande para un niño muy pequeño, pero ese día comenzábamos a caminar juntos y aunque tú aún no lo sabías, yo confiaba en ti, sabía que aunque te costara lo conseguirías y tenía claro que al final ibas a acabar disfrutando.

Reconozco que escucharte llorar cada mañana me hizo en algún momento sentirme perdida y agotada ya que nada podía hacer para que te sintieras mejor porque aún no había llegado tu momento.

El día que intentaste marcharte lejos, sentí que había perdido la capacidad de controlar la situación y que lo único que podíamos hacer era seguir confiando el uno en el otro. Sin duda, ése fue el momento de demostrarte que estaba a tu lado, que no iba a dejar que te pasara nada malo y así lo entendiste tú. Desde esa mañana desapareció tu llanto.

Aún nos quedaba mucho trabajo juntos ya que ahora que empezabas a estar tranquilo, tenía que conseguir motivarte para aprender. Pasaban los días y seguía respetando tu ritmo, entendí que estabas haciendo un gran esfuerzo por superarte y valoré cada pasito hacia adelante que dabas. Tú comprendiste el esfuerzo que estaba haciendo yo también y poco a poco me dejaste llegar más a ti.

Y así, sin prisa, fuiste soltando tus temores. Y así poco a poco fuiste entendiendo más cosas. Y así casi sin darnos cuenta empezaste a llegar a la escuela sonriendo. Y esta mañana me acordé de todo ello.

Ahora siento que aunque sigues mostrándote con timidez reconoces todo el camino que hemos recorrido juntos y me hace enormemente feliz verte sonreír cuando juegas con otros niños, cuando gritas sin control al lanzarte por el tobogán del patio porque no sabes muy bien cómo frenar, cuando mueves tu cuerpo al ritmo de la música mientras bailas en el pasillo, cuando abres los ojos como platos al sorprenderte por cosas que te llaman la atención o cuando te ríes a carcajadas al ver a tu profe, que soy yo, imitando al Pato Donald o a Ricitos de Oro.

Muchas cosas he aprendido contigo a lo largo de todos estos meses. He aprendido que todo pasa, que el miedo puede llegar a bloquearnos hasta dejarnos paralizados, pero hasta eso también pasa. He aprendido que siempre llega un momento en el que ya has llorado bastante, que cuando no tienes recursos para conseguir lo que quieres tienes que recurrir a otros planes, que la música une, que la cara es el espejo del alma y que el cariño sigue siendo lo más importante estés donde estés.

Dicen que el periodo de adaptación debe realizarse en una semana, pero nuestro comienzo ha durado mucho más y creo que esa era exactamente la forma en que debíamos hacerlo. Te prometo que el curso que viene seguiremos encontrando motivos para bailar.

Te quiere mucho.

Tu profe

La niña del lápiz marrón

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Había una vez una niñita que tenía un lápiz marrón y se encontró con un ratón llamado Frederick.” Éste es el punto de partida de una aventura extraordinaria que se desarrolla a lo largo de un curso en un aula de Infantil en el que la maestra Vivian Gussin Paley, autora del libro “La niña del lápiz marrón”, pasa su último año de trabajo como docente antes de despedirse definitivamente de la escuela.

La maestra cuenta en este libro la historia de su despedida y el descubrimiento de Reeny, una niña que siente especial predilección por utilizar en sus dibujos la pintura de color marrón. Motivada por el interés que demuestran los niños y las conversaciones que escucha entre ellos tras leer un cuento en el aula, decide dedicar su último año de trabajo a indagar junto a sus alumnos las posibilidades que ofrecen los libros de Leo Lionni.

A través del ratón Frederick, el pájaro Tico, el cocodrilo Cornelius, Pequeño azul y pequeño amarillo y muchos otros libros, los niños de esta escuela y su profesora abordan temas como el papel del artista en la sociedad, las condiciones necesarias para pensar, la influencia de la música y el arte en las emociones, el papel del individuo en un grupo, la amistad, el conocimiento de uno mismo o la interculturalidad.

Quizá parezca que todos estos temas constituyen una actividad intelectual demasiado intensa para niños tan pequeños, pero lo cierto es que tal y como afirma la auxiliar de Vivian en el libro, “los niños necesitan relatos como estos, relatos que despierten sus sentimientos y sus interrogantes más profundos”.

Sin embargo, este post no es una reseña sobre el libro. Ni siquiera es un post sobre los libros de Leo Lionni y tampoco voy a ofrecer actividades o pautas para realizar en el aula a partir de la lectura de los mismos. No.

Hoy escribo sobre este libro porque por alguna extraña motivación he vuelto a releerlo después de mucho tiempo. Éste es uno de los libros a los que recurro cuando mi ánimo desfallece un poco en el aula o cuando el cansancio hace estragos a mi motivación.

La niña del lápiz marrón” me transmite esperanza, ilusión por seguir haciendo lo que me gusta como me gusta y fuerza para volver mañana al colegio con ganas de escuchar a los niños y de seguir sabiendo quiénes son.

Cuando leí este libro hace ya algunos años me pregunté si acaso yo podría hacer lo mismo y registrar de una forma tan delicada las experiencias que un grupo de personas viven en su aula. Por eso creo que este libro fue una motivación que necesitaba para comenzar a escribir un blog como éste. Y creo que este libro es necesario para mi ahora porque necesito recordar que quiero seguir dedicándome a esto con pasión.

Yo también necesito que en la clase haya pasión. Necesito la intensa preocupación de un grupo de niños y maestras que inventan nuevos mundos mientras aprenden a conocer recíprocamente sus sueños.” Ojalá yo pueda seguir diciendo cosas tan bonitas de mi profesión el año que me despida de mi trabajo como docente y ojalá sea dentro de mucho tiempo.

Un huerto en nuestro cole

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Todo comenzó una mañana cuando uno de mis alumnos llegó a clase con un folleto que anunciaba la apertura de un nuevo vivero en la vía de servicio. Siempre me he preguntado por qué nos empeñamos muchas veces en proponer proyectos que suponemos responden a los intereses de los niños y después llegan ellos y…te sorprenden.

Ese folleto que aquel niño posiblemente había cogido de la mesa de la cocina sin decir nada a sus padres y que mostró en la Asamblea como si de un tesoro se tratara, supuso el inicio de una conversación que duró más de media hora y el comienzo de un proyecto que planteaban ell@s con tan sólo 3 años.

Rápidamente entendí que debíamos aparcar el tema que yo tenía preparado para lanzarnos de lleno a hacer un huerto en nuestro cole.

Yo ya había tenido la oportunidad de vivir la experiencia de montar un huerto en una escuela anteriormente. En aquella ocasión teníamos un espacio amplio cerca de nosotros que las familias nos ayudaron a preparar para sembrar y plantar. Además pudimos dividir el terreno en parcelas y aún nos quedaba sitio para realizar unos senderos por los que se podía caminar sin pisar la tierra cultivada. Finalmente llevamos una manguera desde el pabellón de Infantil hasta el huerto y con ella regábamos todas las mañanas.

Sin embargo en esta segunda ocasión no teníamos terreno (o al menos no cerca de nosotros) para poder montarlo. Así que decidimos utilizar lo que teníamos a nuestro alcance: una jardinera que llevaba meses cogiendo arena en un rincón del patio.

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Cogimos la jardinera, la limpiamos y la preparamos para que estuviera lista cuando llegara el sustrato. En realidad para hacer un huerto en clase o en casa se puede utilizar cualquier material que se os ocurra: botellas de plástico, macetas decoradas por vosotros mismos, ruedas, cajones de madera…etc. Hay millones de ideas en Internet para hacerlo. Aquí os dejo una muestra.

El día que llegó la tierra fue una auténtica fiesta. Por turnos fuimos metiendo las manos en el saco y así llenamos nuestra jardinera. Nos manchamos y mucho, pero es lo que suele pasar cuando metes las manos en la tierra y no nos importó.

Después sembramos las semillas de cebolla, calabaza y calabacín y plantamos las matas de tomates, fresas y lechugas. Colocamos “nuestro huerto” en un lugar estratégico en el que recibiera luz, pero no le diera el sol directamente y cada mañana salíamos al patio después de la Asamblea a observar el crecimiento de nuestras plantas. El encargad@ de ese día regaba el huerto y juntos pasábamos un ratito al aire libre.

Esta actividad fue una motivación en sí misma para seguir investigando cosas sobre el mundo vegetal:

  • Descubrimos la diferencia que había entre frutas y hortalizas y jugamos a clasificarlas.
  • Aprendimos el nombre de las herramientas que se utilizan para arar, sembrar y recolectar.
  • Leímos que no todas las semillas pueden plantarse en las mismas fechas.
  • Ordenamos secuencias que reflejaban el crecimiento de una semilla.
  • Leímos libros sobre el huerto.
  • Jugamos a las adivinanzas.
  • Investigamos qué platos podíamos cocinar con alimentos vegetales y aprendimos el nombre de alimentos que no conocíamos.

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  • Hicimos un taller de  un espantapájaros
  • Asumimos la responsabilidad de cuidar algo.
  • Y aprendimos que juntos formábamos un buen equipo y que entre todos habíamos conseguido sacar adelante algo muy grande en un espacio diminuto.

Terminamos el curso comiendo ensalada y os aseguro que fue la ensalada más rica que habíamos comido nunca o al menos era la que habíamos plantado, cuidado y recogido nosotros. Era nuestra ensalada y el esfuerzo había merecido la pena.

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