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¿Qué soy, después de todo, más que un
niño complacido con el sonido
de mi propio nombre? Lo repito una y otra
vez,
Me aparto para oírlo -y jamás me canso de
escucharlo.
También para ti tu nombre:
¿Pensaste que en tu nombre no había otra
cosa que más de dos o tres inflexiones?.
Walt Whitman

Uno de los momentos más importantes de nuestra vida se produce el día que aprendemos a escribir nuestro nombre y yo tengo la suerte de poder estar presente cuando eso ocurre.

El proceso de aprendizaje relacionado con la lectura y la escritura comienza con nuestro nombre propio. Identificar tu nombre escrito entre un conjunto de palabras, diferenciar esas letras de otros símbolos, reconocerte en esos trazos, establecer las conexiones necesarias para relacionar una letra con su sonido y controlar el cuerpo para poder escribirlo, es para mí casi tan importante como empezar a andar.

El nombre propio está directamente relacionado con la identidad. El niño a través de su nombre se diferencia de otras personas, obtiene con él su primer abecedario con el que podrá comenzar a descifrar el lenguaje escrito y al aprender a escribirlo entran en juego distintas emociones que asientan las bases del auto-concepto, la autoestima, la seguridad y la confianza en uno mismo.

Existen distintas metodologías para ayudar a los niños en este proceso. A mi además me gusta observar, escuchar, motivar, acompañar y disfrutar.

Aún recuerdo el día en el que uno de los primeros alumnos con los que comencé a trabajar me mostró con orgullo cómo era capaz de escribir su nombre tal y como lo hacían los mayores.
Se llamaba Guillermo y cuando soltó el lápiz y me miró contento supe que ese niño acababa de dar el primer paso para poder expresar su mundo con palabras.

Guillermo estaba preparado para seguir avanzando en el camino del aprendizaje. Guillermo era un niño complacido por el sonido de su propio nombre porque esas ocho letras eran él, completa y absolutamente él, después de todo.

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