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Dicen que cuando un niño te pasa una llamada en un teléfono de juguete tienes que contestar siempre y hace unos días, yo recibí una llamada de ese tipo:

Ring, ring, rinnnnnng – dijo una niña en voz alta desde el rincón de la casita al otro lado del aula – Profe, ¡coge el teléfono que te estoy llamando!- añadió.

Una llamada tan importante en ese momento del día sólo podía ser portadora de buenas noticias así que contesté.

– ¿Sí?¿Dígame?
– Hola profe, ¿qué haces?
– Estoy en el cole ¿y tú?
– En casita. Estamos preparando la comida y yo estoy bañando al bebé. Cuando acabes vente ¿vale?.

Obviamente acepté la invitación. Se trataba de una magnífica idea. Mi “limitada” mente de adulto me llevó a pensar inmediatamente: “Genial. Es el momento perfecto para observarles, intervenir, aplicar algunas pautas para fomentar el juego simbólico, lanzar mensajes relacionados con la educación para la igualdad y blablablabla”… hasta que llegué a la casita y llamé a la puerta.

– Toc, toc, ¿hay alguien en casa?
– Sí, pasa. ¿Quieres un vaso de agua? No hables muy alto que los bebés duermen- dijo mi anfitriona susurrando.

En ese instante me sentí como Alicia en el País de las Maravillas cayendo por una madriguera cabeza abajo y yendo a parar a la famosa merienda del Sombrerero Loco, el Lirón y la Liebre de Marzo.

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Había 5 niños jugando en ese momento en la casita: dos cocinaban, una bañaba a los niños, otro ponía la mesa y la quinta arropaba a un bebé que acababa de acostar en la cuna.

– ¿Quién ha cocinado?- pregunté.
– Nosotros!!!- dijeron todos al unísono.

Claro, qué estupidez por mi parte pensar que había roles asignados en ese juego. Nuevamente intentaba ir más allá con mi “limitada” mente de adulto cuando en realidad allí simplemente jugaban.

– Siéntate que ponemos la mesa- dijo uno de los cocineros – Ya estamos todos.
– ¿Qué hay de comer?- preguntó una de las niñas.
– ¡¡¡Pollo frito!!!
– Genial, me encanta- dije yo.

Sirvieron “el pollo” en los platos, repartieron los tenedores, añadieron “agua” a los vasos y comenzamos a comer.

– Un momento- pregunté sorprendida a uno de los cocineros que aún no se había sentado a la mesa – ¿tú no comes?
– Sí – contestó – tenía por aquí una patata pero ahora no sé dónde está – y rebuscando en la cesta de las comidas añadió- comeré uvas!.
– Si quieres compartimos el pollo frito que te ha salido riquísimo- dijo mi anfitriona.

El cocinero cogió un plato, se sirvió el pollo, añadió un poco de sal y sonriendo se puso a comer diciendo: Listo!!!

Una de las niñas que llevaba un rato meciendo a su bebé para dormirlo, se acercó a mi, me abrazó y me entregó al niño para que lo acunara yo mientras ella me sonreía. Todo un honor para mi, como podéis imaginar. Ella demostraba que ese momento estaba siendo realmente importante, porque su adulto de referencia en el aula no estaba dando instrucciones para que ellos jugaran, estaba jugando con ellos y era su forma de agradecerlo.

– Toma profe, coge el teléfono que te llaman.
– ¿Otra vez?¿y quién es ahora?
– El viejo McDonald!
– ¿El que tiene una granja con un cerdito y una vaca?
– Sí, ese.

Cogí el teléfono y hablé con el granjero durante un rato hasta que me despedí de él diciendo que estábamos a punto de tomar el postre: helado, plátanos y té.

Durante todo ese tiempo me sentí la Alicia más afortunada del País de las Maravillas aunque a diferencia de la auténtica, yo sí estaba asistiendo a la merienda más interesante de toda mi vida.

Quizá lo que ocurrió en aquella casita no tenga la menor importancia para una “limitada” mente de adulto, pero la interacción que tuve con ellos, la hospitalidad con la que me recibieron, el lenguaje que utilizaron en sus conversaciones, los pocos prejuicios sociales que demostraron y la igualdad con la que les vi relacionarse sin que yo interviniera para aconsejar bien merece un post, ¿no creéis?.

Así que ya sabéis, si algún día un niño os pasa una llamada en un teléfono de juguete, no lo dudéis y contestad. Entrad en el árbol, coged la llavecita de oro, abrid la puerta que da al jardín, mordisquead la seta hasta que midáis poco más de un palmo, adentraros por el estrecho pasadizo y entonces…estaréis por fin en el maravilloso jardín, entre las flores multicolores y las frescas fuentes.

Qué insensatez por mi parte pensar que podía sentarme a enseñarles algo, cuando en realidad la que estaba aprendiendo todo el tiempo era yo.

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