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Se llamaba Benjamin Driscoll, tenia treinta y un años y quería que Marte creciera verde y alto con árboles y follaje, produciendo aire, mucho aire, que aumentaría en cada temporada. Los arboles refrescarían las ciudades abrasadas por el verano, los arboles pararían los vientos del invierno. Un árbol podría ser tantas cosas: color, sombra, fruta, paraíso de los niños, universo aéreo de escalas y columpios, arquitectura de alimento y placer. Todo eso era un árbol. Pero los árboles eran, ante todo, fuente de aire puro y un suave murmullo que adormece a los hombres acostados de noche en lechos de nieve. “. Crónicas Marcianas, Ray Bradbury.

¿Habéis estado presentes la primera vez que un niño toca con sus dedos la corteza rugosa de un árbol?¿Habéis mirado juntos la copa intentando fijar la mirada allá dónde las ramas se juntan con las nubes?¿Os habéis sentado juntos a su sombra para simplemente ESTAR?¿Habéis comprobado cuántos brazos hacen falta para rodearle?¿Os habéis fijado en sus raíces ancladas a la tierra y habéis animado al niño a imaginar hasta dónde llegan?¿Habéis probado a escuchar el “latir” de la savia en su interior?…

En nuestro patio del colegio no hay posibilidad de acercarse a un bosque a pesar de ver a lo lejos una de las montañas más bonitas de la sierra de Madrid. Pero en nuestro patio del colegio hay un árbol, sólo uno. Y con él estamos aprendiendo a relacionarnos con la naturaleza. Hay cosas que me gusta vivirlas como si también fuesen mi primera vez.

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