PicsArt_1459194791937

Cuando viajo me gusta llevar siempre una libreta, un bolígrafo y los cinco sentidos despiertos en el interior de la mochila.

Trabajando con niños en el colegio he aprendido que para conocer tienes que sentir, y es lo que me propongo cada vez que me dispongo a pasar unos días lejos de casa.

Los olores que percibo, las imágenes que veo, los sabores que descubro, el sol en la piel, las palabras nuevas, las personas que encuentro,…todo queda reflejado en las hojas del cuadernillo de viaje y después con el paso del tiempo recurro a ellas para revivir lo que ha quedado grabado en mi memoria.

La semana pasada, aprovechando las vacaciones escolares, preparé la mochila con todo lo necesario y me dispuse a conocer/sentir un lugar en el que no había estado nunca. Estas son las anotaciones que quedaron plasmadas en la libreta de una maestra con mochila:

Oporto huele a incienso, a agua y a comida en la calle. Oporto huele a humedad, a decadencia y a bohemia. Huele a encurtidos en vinagre, a flores y a especias en el mercado de Bolhao. Oporto huele a lluvia y a mar, a bacalao a la plancha, a queso fundido, a aceite de oliva y a madera mojada. Huele a nostalgia, a casa vacía, a épocas pasadas y a rincones para recordar.

Oporto suena a gaviotas, a tranvía y a Fado. Suena a campanas, a chapoteo en los charcos y a gorjeo de palomas en suelos adoquinados. Oporto suena a jazz, a trompeta, a tumulto de turistas que pronuncian la “Ñ”, a vino blanco golpeando en la copa, a gotas de lluvia golpeando el cristal y a agua de río golpeando el mar.

Oporto es viento fresco en la cara, es decorar las fachadas con azulejos y recorrer las calles en cuesta observando a los lados las tiendas de segunda mano. Oporto es una escuelita infantil con una pequeña puerta roja y cortinas a cuadros que encuentras por casualidad cuando vas paseando por el centro y que te invita a mirar a través de sus ventanas con el fin de imaginar cómo serán allí las mañanas de un lunes cualquiera. Oporto es un neón en el escaparate, es una librería antigua con escaleras, es la hora del café con unos bollitos de nata, las plazas con estatuas, los parques, sus puentes y mil y una terrazas con vistas al Duero.

Citando a Fernando Pessoa, uno de los grandes poetas portugueses del siglo XX: “Para viajar basta existir” y yo, en un arrebato de osadía descontrolada, quiero añadir que para existir basta sentir. Sentir como lo hace un niño. Espero no dejar de hacerlo nunca.

Que tengáis feliz vuelta al cole!

Advertisements