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Querido R.:

Estamos entrando en la recta final del curso y aún recuerdo como si fuese ayer el primer día que entraste por la puerta del colegio. Tus pasos asustados y tu mirada huidiza delataban que iba a ser difícil para ti adaptarte a un lugar tan extraño. Un lugar en el que hablaban otro idioma distinto al que habías escuchado en casa desde que naciste. Un lugar repleto de caras nuevas, demasiadas quizá para alguien que nunca se había separado de sus padres.

Ese día iniciabas un proceso muy grande para un niño muy pequeño, pero ese día comenzábamos a caminar juntos y aunque tú aún no lo sabías, yo confiaba en ti, sabía que aunque te costara lo conseguirías y tenía claro que al final ibas a acabar disfrutando.

Reconozco que escucharte llorar cada mañana me hizo en algún momento sentirme perdida y agotada ya que nada podía hacer para que te sintieras mejor porque aún no había llegado tu momento.

El día que intentaste marcharte lejos, sentí que había perdido la capacidad de controlar la situación y que lo único que podíamos hacer era seguir confiando el uno en el otro. Sin duda, ése fue el momento de demostrarte que estaba a tu lado, que no iba a dejar que te pasara nada malo y así lo entendiste tú. Desde esa mañana desapareció tu llanto.

Aún nos quedaba mucho trabajo juntos ya que ahora que empezabas a estar tranquilo, tenía que conseguir motivarte para aprender. Pasaban los días y seguía respetando tu ritmo, entendí que estabas haciendo un gran esfuerzo por superarte y valoré cada pasito hacia adelante que dabas. Tú comprendiste el esfuerzo que estaba haciendo yo también y poco a poco me dejaste llegar más a ti.

Y así, sin prisa, fuiste soltando tus temores. Y así poco a poco fuiste entendiendo más cosas. Y así casi sin darnos cuenta empezaste a llegar a la escuela sonriendo. Y esta mañana me acordé de todo ello.

Ahora siento que aunque sigues mostrándote con timidez reconoces todo el camino que hemos recorrido juntos y me hace enormemente feliz verte sonreír cuando juegas con otros niños, cuando gritas sin control al lanzarte por el tobogán del patio porque no sabes muy bien cómo frenar, cuando mueves tu cuerpo al ritmo de la música mientras bailas en el pasillo, cuando abres los ojos como platos al sorprenderte por cosas que te llaman la atención o cuando te ríes a carcajadas al ver a tu profe, que soy yo, imitando al Pato Donald o a Ricitos de Oro.

Muchas cosas he aprendido contigo a lo largo de todos estos meses. He aprendido que todo pasa, que el miedo puede llegar a bloquearnos hasta dejarnos paralizados, pero hasta eso también pasa. He aprendido que siempre llega un momento en el que ya has llorado bastante, que cuando no tienes recursos para conseguir lo que quieres tienes que recurrir a otros planes, que la música une, que la cara es el espejo del alma y que el cariño sigue siendo lo más importante estés donde estés.

Dicen que el periodo de adaptación debe realizarse en una semana, pero nuestro comienzo ha durado mucho más y creo que esa era exactamente la forma en que debíamos hacerlo. Te prometo que el curso que viene seguiremos encontrando motivos para bailar.

Te quiere mucho.

Tu profe

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