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La semana pasada tuvimos la oportunidad de resolver un problema. Un problema real que afectaba a “nuestra imagen” en el centro y ante los demás grupos de Educación Infantil: rompimos un triciclo que no era nuestro y debíamos encontrar una solución. Estaba casi entero, es cierto, pero al montarse varios niños de la clase sobre él a la vez habían saltado los tornillos y no se sostenía el sillín, así que era sumamente importante arreglar el desperfecto.

El diccionario de la Real Academia Española define que un problema es un conjunto de hechos o circunstancias que dificultan la consecución de algún fin. Etimológicamente proviene del griego y es una palabra que está formada por el prefijo “pro” = delante y el verbo “ballein” = arrojar con fuerza. Por tanto ya en sus raíces percibimos esa connotación negativa que solemos dar a algo que debemos quitarnos de encima cuando antes: un problema.

Aunque los problemas nos preocupan, nos estresan, nos entristecen e incluso en ocasiones nos asustan y mucho, en la escuela ese conjunto de hechos o circunstancias que dificultan la consecución de un fin puede aprovecharse para aprender algo nuevo.

El aprendizaje basado en problemas (ABP) es una metodología en la que los alumnos, guiados por el profesor, deben encontrar una respuesta o solución a un problema planteado de forma que al resolverlo correctamente se desarrollan habilidades de comunicación, exposición de ideas, trabajo en equipo, investigación, selección de la información y aprendizaje autónomo.

Las etapas por las que pasamos para solucionar nuestro problema fueron:

1. Analizar el escenario del problema: comentamos en gran grupo lo ocurrido y puse a los alumnos en situación de comprender que la resolución dependía de ellos y que tenían que, entre todos, encontrar una respuesta.

2. Realizamos una lluvia de ideas: cada niño tuvo la oportunidad de dar su opinión sobre cómo debíamos resolver ese problema. Algunas propuestas fueron: ir a comprar un triciclo nuevo, pedir al abuelo Macario su caja de herramientas, traer de casa unos tornillos nuevos, pedirle al conserje unos tornillos, llevarlo a casa de un niño cuyo padre es mecánico…y así hasta 22 ideas diferentes.

3. Desechamos las ideas que no encajaban para resolver nuestro problema: de entre todas las ideas que habíamos apuntado previamente, desechamos las que no encajaban en nuestra situación, bien por motivos económicos (no tenemos dinero para comprar un triciclo nuevo) o bien porque por motivos organizativos no eran prácticas (si lo llevamos al taller mecánico, no podremos devolver hoy el triciclo).

4. Escribimos qué cosas sabíamos y cuáles no: esta fase nos permitió saber que la herramienta para cambiar los tornillos se llamaba “llave inglesa”, que igual necesitábamos también un destornillador y que posiblemente tendríamos que pedir más tuercas. También descubrimos que Manuel es un buen mecánico, que Pedro tiene un banco de herramientas en su casa que le trajeron los Reyes Magos el año pasado y que a Lucía le encanta ir al taller de su abuelo cuando no hay cole.

5. Elaboramos una lista de tareas para conseguir la solución: el grupo directamente implicado iría a la clase de los compañeros a pedir el triciclo para arreglarlo, un segundo grupo elaboraría la nota que debíamos llevar a conserjería para pedir las herramientas al conserje, un par de niños se encargarían de ir a buscar nuestro triciclo antiguo para poder sacar los tornillos que faltaban y reemplazarlos en el triciclo estropeado, un cuarto grupo ayudaría a la profe a desatornillar los tornillos antiguos y los reemplazaría y finalmente todos iríamos a devolver el triciclo arreglado.

6. Seguimos el plan de trabajo: fuimos realizando las tareas de la lista y tachábamos las que ya estaban realizadas.

7. Presentamos los resultados: una vez arreglado, llevamos el triciclo a la clase del final del pasillo, pedimos disculpas por haberlo estropeado y nos volvimos a clase satisfechos.

Dedicamos una mañana entera a realizar este proceso, pero fue muy motivador. Ni que decir tiene que esta metodología nos permitió trabajar conceptos de matemáticas, lectoescritura y motricidad fina, pero también desarrollamos habilidades grupales, descubrimos que el conocimiento se puede utilizar en situaciones prácticas, aprendimos cosas nuevas, cambiamos los roles en el proceso de aprendizaje y nos sentimos parte de un grupo que trabajaba en equipo.

Ojalá, con suerte, esta semana surja algún otro problema.

 

 

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