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La jirafa diminuta

Educación Infantil y algunas cosas que pasan en un mundo de pequeños

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¿Hacia dónde vamos?

Educar en el S.XXI

Carrera de fondo

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Hace días leí un artículo de Naomi Aldort en el que la autora del famoso libro “Aprender a educar sin gritos, amenazas ni castigos”, establece ocho aspectos importantes a la hora de declarar total confianza en los niños.

Este listado de recomendaciones se dirige fundamentalmente a familias que están interesadas en elegir un modelo educativo de crianza natural y uno de esos puntos me llamó la atención especialmente porque últimamente he estado reflexionando sobre los recursos que podemos emplear para regular algunas conductas “inadecuadas” en el aula.

Sirva de precedente decir que siempre considero que ese tipo de conductas tienen un motivo que las origina y que puede variar desde la falta de sueño, a la necesidad de atención, la experimentación de independencia, el exceso de sobre-protección… en fin, motivos hay muchos y cuando conoces al niño o a la niña en cuestión e investigas un poco, puedes descubrir ese motivo y pasar a la acción aunque lo cierto es que no siempre funciona. Y yo me pregunto ¿por qué?.

Los adultos nos hemos estado preocupando por cómo debemos regular la conducta de los niños y muchas veces nos hemos sentido frustrados cuando hemos observado que a pesar de nuestros esfuerzos esos límites que hemos impuesto han sido rebasados constantemente.

Sinceramente considero que los límites son necesarios porque los tenemos por todas partes. Los hay en la carretera, en las relaciones personales, en las relaciones laborales…y debemos respetarlos porque sólo así podemos vivir en comunidad. Eso también deben aprenderlo los niños, pero también creo que quizá haya llegado el momento de preguntarse de qué otra manera podemos regular su conducta de forma que demos respuesta a lo que se está demandando de cara al futuro.

Naomi Aldort afirma que los niños responden mejor al liderazgo que al control y yo personalmente creo que esa es una de las cualidades fundamentales para el docente del siglo XXI: la capacidad de liderar.

El camino que aún nos queda por recorrer es largo y difícil, como una auténtica carrera de fondo, ya que hasta ahora la idea que tenemos de líder no encajaría de ninguna manera en nuestra sociedad del futuro. Y así lo demuestran algunas conductas en el aula.

Para mi, un líder tiene que ser consciente de cuáles son sus propios límites. No es un trabajo fácil ya que descubrir que no tienes superpoderes o que tu trabajo no consiste en salvar a la humanidad y aceptarlo puede ser duro, pero desde mi punto de vista es el primer paso para dejar de ser “el que manda” para pasar a ser “el que acompaña”.

Además un líder tiene que acostumbrarse a observar. Observar las relaciones que se establecen entre los niños, los cambios que puedan producirse, las dificultades que tiene cada uno, los gustos e intereses que demanda el grupo, las características individuales, los aspectos emocionales que puedan interferir o beneficiar en una situación determinada…etc. Hay que observar mucho, observarlo todo.

Un líder en el aula tiene también que saber escuchar y no tanto hablar. Hacer buenas preguntas, reconocer que hay cosas que no se tienen por qué saber y que nunca dejamos de aprender. Tiene que saber escuchar, pero no para responder sino para comprender. Sobre esto ya hemos estado hablando hace algunas semanas en un post anterior.

Y finalmente, un buen líder en el aula tiene que hacer las cosas con pasión. La pasión no se puede disimular, si se tiene se nota y los niños la notan. Hay que aprovechar las situaciones para aprender y para crecer, hay que sentir, emocionarse, adaptarse a las necesidades de los alumnos en función de su edad y disfrutar con lo que está haciendo. Eso también lo notan.

No sé vosotr@s, pero yo tengo la sensación de que aún tengo un largo proceso por delante. Al menos aún ya sé por dónde empezar y es que toda carrera de fondo comienza con un primer paso.

Construir en equipo

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Hay un proverbio africano que dice: “Si quieres ir rápido, ve solo. Si quieres llegar lejos, ve acompañado”.

Y es que tal y como afirma un informe de la Cumbre Mundial para la Innovación en Educación (WISE), en el año 2030 las “escuelas se convertirán en redes” donde los alumnos interactuarán entre ellos y con el profesor de forma que se producirá un aprendizaje colaborativo.”

El aprendizaje cooperativo no es nuevo en el mundo de la educación, pero sí parece ser una de las metodologías del futuro y en nuestras manos está comenzar a aplicarla en el aula.

Así lo afirman Paloma Gavilán Bouzas y Ramón Alario Sánchez en un libro relacionado con este enfoque: “Una gran parte del reto educativo no depende de mejores o peores leyes, aún reconociendo su importancia. El factor decisivo es el empeño creativo de quienes están a pie de obra, en el aula, día a día, aportando las bases que van a facilitar al alumnado su inserción constructiva y responsable en la sociedad: una sociedad con problemas en parte nuevos, en un mundo cambiante a una velocidad vertiginosa. La cercanía afectiva, el análisis de la realidad y la puesta en marcha de proyectos innovadores, sometidos a una evaluación sosegada y diaria, sentarán las bases para una educación con proyección de futuro”.

A través del aprendizaje cooperativo, el trabajo del aula se organiza de forma que las actividades se convierten en una auténtica experiencia social además de académica. Los alumnos trabajan en grupo para realizar las tareas de manera colectiva, aprenden unos de otros, del profesor y del entorno.

El papel del profesor en este caso se centra en diseñar las tareas, tomar decisiones relacionadas con el tipo de trabajo a realizar, el grado de autonomía de los alumnos en las actividades, el modo de distribuir el reconocimiento entre los participantes y la forma de alcanzar los objetivos.

Trabajando en equipo los alumnos muestran una implicación más activa en el aprendizaje, se fomenta la motivación personal, se produce un aumento de la cohesión del grupo y mayor apoyo entre sus miembros, se posibilita la independencia y la comunicación entre los niños, se promueve el aprendizaje de actitudes positivas entre iguales y se desarrolla la capacidad para tomar en consideración otras ideas diferentes a las propias.

Existen distintas formas de llevar a cabo esta metodología en el aula y pueden aplicarse a las diferentes etapas educativas por igual.

En este blog, como bien sabéis, me centro siempre en la Educación Infantil e investigando sobre este asunto he encontrado algunas buenas ideas para fomentar el trabajo en equipo con los más pequeños.

Yo pienso empezar a ponerlas en práctica a partir de mañana, porque quiero que mis alumnos lleguen lejos y quiero que lo hagamos juntos.

Creemos, del verbo crear.

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Yo creo, tu creas, él crea, nosotros creamos, vosotros creáis, ellos crean.

Hoy en mi clase hemos estado dibujando. No como en el cuento de Helen Buckley en el que un niño pequeño llega a una escuela grande donde le “enseñan” a hacer flores rojas con el tallo verde, no.

Hoy hemos estado dibujando sin modelos, sin estereotipos, ni premisas. Hemos estado pintando simplemente por el placer de hacerlo. Expresando quienes somos, sin control, sin tiempo y sin exigencias.

Hoy nos hemos dejado llevar por lo que Arno Stern llama: la educación creadora. Una perspectiva nueva respecto al dibujo en la que éste deja de ser un producto artístico para convertirse en juego, entendiendo que el juego es una actividad inherente al ser humano con el que se manifiesta nuestra capacidad de crear.

Hoy he propuesto el juego de dibujar sin más y he preparado un espacio en el que diferentes personas (niños y yo) nos hemos sentido libres para pintar sin instrucciones, sin juicios, ni competiciones.

Hoy hubo niños que eligieron sus colores favoritos. Otros se lanzaron a elegir colores que nunca usan. Algunos se dibujaron a sí mismos, otros hicieron caras y los hubo que pintaron monstruos. También hubo un niño que cubrió lo que había dibujado con pintura hasta que dejó de verse la figura inicial. Algunos experimentaron con el trazo e incluso hubo varios que decidieron pintar juntos sobre el mismo papel y realizaron un dibujo en equipo.

Hoy mis alumnos no han dibujado dibujado para comunicar. No han dibujado para mostrar algo. Han dibujado para construir un mundo que es suyo, sólo suyo, libre de cualquier intrusión.

Hoy mis alumnos han estado creando y en los tiempos que corren, la posibilidad de crear, es lo que aún nos queda.

 

Plenamente Mindfulness

"Tranquilos y atentos como una rana"
“Tranquilos y atentos como una rana”

Uno de los objetivos que me he marcado para este curso es probar cosas nuevas con mis alumnos, por ello estoy empezando a curiosear qué es eso del Mindfulness en la escuela.

Hace unos meses leí un artículo que hablaba de 200 colegios públicos que habían empezado a introducir esta técnica en su horario escolar y que hay estudios científicos que aseguran que los meditadores tienen mayor densidad neuronal, son más felices y menos propensos a sufrir depresión, así que me propuse comenzar a ponerlo en práctica en el aula.

Lo primero que hice fue buscar más información sobre ello, ¿en qué consiste?¿qué beneficios tiene?¿cómo puede aplicarse con niños de 3 años?. Y ahí van mis respuestas:

El Mindfulness o “conciencia plena” consiste en prestar atención a los pensamientos, las emociones, las sensaciones corporales y el ambiente que nos rodea. Se trata de estar presentes en este momento y estar atentos aquí y ahora. Aunque es una técnica basada en la meditación budista, yo pretendo trabajarla sin connotaciones religiosas.

Cuando desde pequeños aprendemos a estar atentos plenamente, tenemos muchos más recursos para ser adultos con menos índice de estrés, aumentamos nuestra capacidad de perspectiva, mejoramos nuestro rendimiento académico, incrementamos nuestra capacidad para concentrarnos, desarrollamos inteligencia emocional, mejoramos la memoria y favorecemos la creatividad.

Todo ello pueden parecer datos sin más, pero lo cierto es que después de varias sesiones yo misma he comprobado cómo mis alumnos están más tranquilos, se relacionan mejor entre ellos, demuestran sentirse más seguros y disfrutan. Creo que por todos estos motivos merece la pena seguir practicándolo.

Uno de las mejores fuentes que encontré para comenzar a programar las sesiones, hace referencia a cinco aspectos en los que hay que centrarse a la hora de practicar el Mindfulness:

  • Atención al entorno
  • Atención al cuerpo
  • Atención a las emociones
  • Atención a la respiración
  • Y atención al pensamiento

Además, el libro Tranquilos y atentos como una rana de Eline Snel aunque está dirigido a niños de entre 5 y 12 años también me dio algunas pautas para empezar.

Quizá todo esto pueda sonar extraño y difícil de llevar a cabo, pero las actividades que suelen proponerse son las mismas a las que recurrimos muchas veces en un aula de Infantil, sólo que en esta ocasión están orientadas a desarrollar la atención plena.

Así son, por ejemplo, las sesiones de “Estar tranquilos y atentos como una rana” que hacemos nosotros justo después del recreo:

1. Empezamos con música tranquila: Cerramos los ojos, respiramos despacio y nos relajamos. Aprovecho estos minutos para acercarme despacio a los niños, acariciarles la cara o la cabeza con la marioneta de rana y demostrarles que yo también estoy tranquila.

2. Seguimos prestando atención al entorno: sentados en la colchoneta percibimos lo que ocurre en este momento a través de los sentidos y recordamos a los niños que para “jugar” tienen que seguir estando tranquilos y atentos como una rana. Jugamos a adivinar el instrumento que suena, experimentamos con texturas, observamos pompas de jabón o seguimos en el suelo el ritmo marcado por un pandero.

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3. Continuamos con movimientos conscientes: realizamos danzas dirigidas con música tranquila, improvisamos danzas creativas, nos movemos por el aula imitando a diferentes animales, jugamos a ser estatuas cuando pare la música, acariciamos a peluches o practicamos algunas posturas sencillas de yoga.

4. Hablamos de emociones: antes de terminar siempre hablamos durante unos minutos de cómo nos sentimos, qué es lo que más nos ha gustado o qué no…y por qué. (para esta actividad a veces hemos usado marionetas)

5. Escuchamos el silencio: terminamos la sesión en círculo, sentados en la colchoneta, relajados, respirando despacio, reconociendo a los demás mirándoles a la cara y escuchando el silencio.

No tienen por qué hacerse todas las actividades el mismo día. Yo a veces voy reduciendo o ampliando en función del tiempo que tenemos disponible.

Cuando los niños estén habituados a practicar esta rutina varias veces a la semana pasaré al aspecto de la atención al pensamiento (ya os contaré cómo lo hacemos). Quizá tenga que esperar a que sean un poco más mayores o quizá no, quién sabe. Aún no os puedo informar de los resultados que se obtienen de primera mano siguiendo esta rutina durante meses, pero os mantendré informad@s.

Seguro que si os animáis a intentarlo se os ocurrirán algunas ideas nuevas. Ya me contaréis!!!

Pedagogía de la fascinación

La palabra fascinar proviene del verbo latino fascinare que significa encantar o hechizar
La palabra fascinar proviene del verbo latino fascinare que significa encantar o hechizar.

Hace semanas leí un artículo en “El Confidencial” que hacía referencia al aprendizaje basado en la creatividad. En él se habla de diversos estudios que revelan que los niños piensan como científicos y gracias a él he descubierto el concepto de: Pedagogía de la fascinación.

La pedagogía de la fascinación es una visión holística y emocional de la educación impulsada por Javier Mateos y Juan Carlos López con el objetivo de llevar a las aulas una metodología activa en la que el interés, la curiosidad y la creatividad de los niños se conviertan en el principal motor de aprendizaje.

Este planteamiento me ha recordado mucho a la metodología de los proyectos de investigación y me gusta trabajar por proyectos.

Cuando se conoce bien la metodología basada en los proyectos y se lleva a la práctica de forma real, es decir partiendo realmente de las preguntas e intereses que manifiestan los niños en el aula, se genera una motivación natural hacia el aprendizaje que hasta ahora no he experimentado con ningún otro método.

El aprendizaje por proyectos invita a que los alumnos se hagan preguntas, que busquen respuestas, que formulen hipótesis, que investiguen diferentes fuentes de información, que establezcan conexiones entre lo que ya saben y lo que están descubriendo, estimula el pensamiento crítico, desarrolla la creatividad y les motiva a seguir aprendiendo.

En alguna ocasión he escuchado cómo algunos defensores del método tradicional se sienten incómodos ante este planteamiento porque consideran que la improvisación nos impide llegar a los mínimos establecidos. Yo personalmente me pregunto, ¿qué hay de malo en improvisar?.

Los maestr@s que decidimos trabajar por proyectos no improvisamos del todo. Conocemos el currículo y trabajamos los mínimos a partir de las preguntas de los niños. Programamos, organizamos y secuenciamos sin poner límites al espíritu científico de los alumnos. Pasamos tardes, noches y fines de semana enteros buscando información y recursos para ajustar “esos mínimos” a las motivaciones que se presentan, esas sí, de forma improvisada. Y al final esos mínimos llegan a convertirse en máximos.

Prefiero que en mi forma de trabajar prevalezca la palabra “fascinación” sobre la palabra “excelencia”. Me gusta pensar que mis alumnos se fascinan al aprender y no me importa tanto si son excelentes o no. Para mi lo son siempre. Mi objetivo es despertar en ellos las ganas de aprender y que sean unos niños creativos, críticos y reflexivos. Unos niños y niñas excelentemente fascinad@s.

Si os apetece investigar un poco más sobre ello y curiosear algunas experiencias que ya se han llevado a cabo os invito a que consultéis las siguientes fuentes:

http://jcbarrancoe.wix.com/pedagogiafascinacion

https://www.facebook.com/Ingenia_Pedagog%C3%ADa-de-la-Fascinaci%C3%B3n-399801973494479/timeline/

https://www.facebook.com/EstimuloDelPensamientoCreativo

Errar es de sabios

Kaveta Pacovska

La semana pasada mientras mis alumnos aprendían cómo sujetar un lápiz para poder realizar trazos, corregí a uno de los niños que, sin ningún tipo de vergüenza, me dijo: “Es que no sé”. Equivocarse es algo a lo que debes enfrentarte cuando estás aprendiendo y uno de los mensajes que se dan a diario en las aulas de Infantil es: “No pasa nada. Estás aprendiendo y a veces cuando lo intentas no sale, pero si lo repites más veces… lo conseguirás”.

La pedagogía del éxito, una de las corrientes con las que desde hace mucho tiempo hemos sido educados, nos ha marcado la idea de que el error debe evitarse ya que la finalidad de la educación es formar a personas ganadoras y por tanto si te equivocas eres corregido y en algunas ocasiones, incluso castigado. Por otro lado la pedagogía del error parte del principio de que éste es un elemento inseparable de la vida, la finalidad de la educación se centra en la reflexión y el aprendizaje se convierte en un proceso autónomo y colaborativo en el que se parte de las equivocaciones porque son las que marcan la pauta hacia donde nos dirigimos.

Me sorprende la capacidad que tienen los niños para reconocer que no saben hacer algo y la valentía con la que afrontan un nuevo intento hasta que sale.

Cuando los adultos nos enfrentamos a esa misma situación nuestros egos, miedos y prejuicios nos llevan a desistir en los primeros fracasos. Quizá deberíamos volver la vista a nuestros años de escuela infantil y recordar (si es que podemos) cómo aprendimos a escribir nuestro nombre: repitiendo, volviéndolo a intentar y  teniendo la certeza de que si seguíamos practicando…lo conseguiríamos.

Ilustración de Kveta Pacovska

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